Carta a un desconocido

 

CARTA A  UN DESCONOCIDO/ 

Aunque afuera la nieve comenzaba a caer sobre los techos de pizarra gris de Ottobrunn, en su interior, la noche era cálida y las personas llenaron la sala con puntualidad, intercambiando saludos y sonrisas. Hubo una presentación sencilla, palabras emotivas en torno al origen y las motivaciones de mi obra, que daban por inaugurado el evento. Una chica delgada de ojos verdes estuvo siempre a mi lado para traducir mis palabras y  las palabras de quienes querían comunicarse conmigo en alemán. En eso se me acercó una mujer joven con todo tipo de preguntas acerca de mi país. Quería saber  por la situación social, por el conflicto armado; por la gente, sus costumbres, por sus montañas, sus ríos, el clima y, extrañamente mostró un particular interés por un pueblito construido por un cura, en mitad de la selva del Darién. Sorprendido y sin alcanzar a responder todos sus interrogantes, me aparté de ella un momento para atender a potenciales clientes que igualmente querían información acerca de mis pinturas. Por mucho rato  presentí su mirada clara siguiéndome en la distancia, pero los azares de la noche nos impidieron un nuevo encuentro. Al cabo de un tiempo supe que se había marchado junto a sus dudas, sin siquiera conocer su nombre.

Muchos meses después llegó una carta  al convento episcopal de Quibdó, escrita en alemán y sin un destinatario concreto. La carta le fue entregada a mi amiga U. H. (Misionera alemana), para ser traducida. En ella una mujer pedía información acerca de un señor, que había estudiado en Alemania una carrera de humanidades hacía más de tres décadas; la carta decía que el hombre era presumiblemente hermano  de un sacerdote que  pilotaba una avioneta y que había fundado un pueblo en medio del Chocó.  Sin más pistas, agregaba un número telefónico en donde localizarla. Casi un año más tarde, y después de infructuosas averiguaciones,  U.H. me comentó lo de la carta por casualidad. Recordé a la mujer de la exposición de arte, que llena de interrogantes se había esfumado bajo la nieve y, decidimos llamar al número allí escrito. No fue mucho más lo que nos dijo, tan solo que era muy importante para ella porque podía tratarse de su padre y que pese al hermetismo de su madre a lo largo de su vida, al morir, ella encontró entre sus cosas, unas extrañas fotos de un sacerdote y un grupo de muchachos rodeando un pequeño avión en medio de la selva, con una afectuosa nota para su hermano M. y un comentario esperanzador con el recientemente adquirido avión Piper de cuatro puestos para la misión del Chocó. —Lo de “hermano” puede ser tan solo un formalismo—, le dijimos, — bastante común en  estos pueblos latinos y más aun en el entorno religioso,  pero lo del avión sí es un caso excepcional… Había otras fotos difusas de su época de estudiantes, siguió diciéndonos, pero ninguna podía determinar con exactitud su rostro, ni mucho menos su nombre tan solo reseñado como M. No tenía claro lo que había pasado entre ellos, pero  sospechaba que él se había marchado mucho antes de ella nacer. Atando cabos llegamos a la conclusión de que el cura fundador, podía tratarse del padre Alcides Fernández, que también fue aviador. El padre Alcides había muerto recientemente, pero tenía un hermano con alma de anacoreta, que en tono menor y en absoluta soledad, recorría sus pasos, tratando en vano de recuperar su memoria  en el pueblo que éste fundó. Enviamos la carta a dicho pueblo, pero aunque M. reconoció haber estudiado en Alemania, de entrada, negó toda posibilidad, pues nunca tuvo novia y mucho menos una hija.

 

  1. H la llamó nuevamente, pero ella insistió. —No hubo otro hombre en la vida de mi madre—, dijo. Quería encontrarlo y saber si existía la posibilidad aunque remota, que él fuera su padre; no para reprocharle por su temprano abandono sino para tener un rostro, unos ojos, una sonrisa, una expresión táctil, que supliera esa entidad abstracta, ese vacío en blanco y negro que acudía a su mente cada que sus amigas le preguntaban por él o cada que requería de un abrazo.

 

Se hicieron todos los cruces pertinentes para propiciar el encuentro. Con escepticismo, él accedió. Tiempo después ella vino a Colombia. Trajo algunas fotos de su madre joven, incluida una imagen lejana en que se agarraban las manos en el campus universitario y otras  de medio cuerpo en las que ella siempre salía sola y poco risueña, sin maquillaje aparente, sin ilusiones. Al verlas,  él retrocedió cerca de treinta años al pasado. Turbado y conmovido recordó la época de estudiante en que compartió apartamento con esa muchacha triste a la que nunca se atrevió a declarar sus sentimientos para no arruinar la bella amistad que los unía. Una lágrima se deslizó por sus mejillas.

 

Esa muchacha nostálgica y atribulada, le había ayudado a entender los vericuetos del idioma cuando recién llegó a ese viejo país y, le había enseñado lo complejo de la cultura germana incluido el carácter intransigente de sus mujeres temperamentales y autosuficientes, cosa que incrementó su natural tendencia hacia la timidez. Ella tampoco era de la ciudad. Cerca a la universidad, rentó un apartamento con dos cuartos, una cocineta, un baño, una sala y, para ayudarse un poco económicamente, puso un aviso en una cartelera universitaria, ofreciendo el otro cuarto en alquiler. Él llamó a su número y, desde entonces habitaron  juntos ese pequeño espacio. Pronto se hicieron buenos amigos; compartían los quehaceres de la casa, preparaban alimentos en compañía, iban en bicicleta a sus clases, se ayudaban en sus tareas, se comentaban todas sus inquietudes, sus triunfos sus fracasos, y con el mismo respeto intercambiaban sus gustos y sus escazas  amistades. Poco a poco se fueron acostumbrando el uno al otro; incluso sus vacaciones se hacían largas y vacías cuando se distanciaban. Al final, aislados de todos, solo se tenían entre si para desahogar sus penas y usarse mutuamente como pretexto para desmotivar sus frágiles intentos amorosos con otras personas.

 

Años más tarde el estudio terminó. Juntos recibieron sus respectivos diplomas sin mucha alegría y, sin entusiasmo celebraron con una cena el motivo que durante tantos años los había mantenido unidos. La partida era inminente. Ella debía volver a su pueblo y él a su país. Esa  última noche, con una botella de vino y un trasfondo de jazz, se despedían quizá para siempre. Por efectos del licor o presintiendo que a partir del día siguiente serían dos seres de otro mundo, distanciados por un inmenso océano, ambos bajaron sus defensas y la barrera de prejuicios que los separaba se rompió por arte del instinto. Al amanecer, avergonzados, como Adán y Eva después del pecado original, apenas si se volvieron a mirar a los ojos. Ella lo acompañó hasta el aeropuerto de Frankfurt  esa mañana y se despidieron con un roce leve de mejillas y un suspiro profundo… Auf Wiedersehen. Tal vez por el temor a develar sus lágrimas y sus emociones, ninguno de los dos miró hacia atrás. Nunca más se llamaron y jamás se escribieron. Con el tiempo él se convenció, de que todo no había sido más que un sueño erótico, una travesura libidinosa urdida entre Baco, Afrodita y Morfeo.  (F)

 

 

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